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El legado de Francisco 

by | Abr 28, 2025

Por: Hno. Roberto Medina L. Anaya, fsc, Vicerrector de Bienestar Universitario 

El pasado 21 de abril, lunes de Pascua, a las 7:35 a.m. (hora de Roma), falleció a los 88 años Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa latinoamericano. El anuncio lo ha hecho el cardenal Kevin Farrell, quien evocó con agradecimiento el Pontificado del Papa argentino: “Toda su vida ha estado dedicada al servicio del Señor y de su Iglesia. Nos ha enseñado a vivir los valores del Evangelio con fidelidad, coraje y amor universal, especialmente hacia los más pobres y marginados”. 

Así es como culmina el Pontificado de quien fuera el 266º sucesor de Pedro, electo hace más de 12 años, el 13 de marzo de 2013.  

Para el momento de su elección, el cardenal Bergoglio llevaba 15 años como arzobispo de Buenos Aires; y, antes de entrar al cónclave, con 76 años, pensaba que en breve se tornaría arzobispo emérito pues consideraba oportuno su retiro. 

Sin embargo, Bergoglio fue elegido Papa en la quinta votación del cónclave. En ese momento el cardenal brasileño Cláudio Hummes lo abrazó y le susurró: “No te olvides de los pobres”. Cuando le consultaron por el nombre que adoptaría, respondió sencillamente: “Me llamaré Francisco”. Así, Jorge Mario Bergoglio se convirtió en el primer Papa jesuita y el primer Papa latinoamericano. 

Nacido en Buenos Aires, Argentina el 17 de diciembre de 1936, desde joven se interesó por el estudio y por el fútbol; siempre manifestó su afición por el Club San Lorenzo, fundado por un padre salesiano. 

Luego de diplomarse como técnico químico, inició su formación religiosa primero en el Seminario Diocesano y, posteriormente, en el noviciado de la Compañía de Jesús. Asimismo, realizó estudios en Humanidades, Filosofía y Teología.  

En 1969 se ordenó como sacerdote y ejerció diferentes cargos entre los que destaca como maestro de novicios y provincial de los jesuitas de Argentina. 

En 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Buenos Aires; y en 1998 tomaría el gobierno pastoral de la Arquidiócesis tornándose también en arzobispo primado de Argentina y gran canciller de la Universidad Católica Argentina. Luego, en 2001 el mismo Papa Juan Pablo II lo nombraría cardenal. 

Su rol en la Iglesia argentina y latinoamericana no pasó inadvertido. Fue muy significativo su liderazgo como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en dos periodos consecutivos, entre 2005 y 2011; y como presidente de la comisión de redacción del Documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en 2007, en la ciudad de Aparecida, Brasil. El ‘Documento de Aparecida’ sería fundante e inspirador en su Magisterio como pontífice. 

Como pastor latinoamericano conocía a fondo los grandes desafíos de la Iglesia, pues antes de su elección como sucesor de Pedro, el cardenal Bergoglio formaba parte de diversos organismos de la curia romana, tales como las Congregaciones para el Clero, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, así como para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. 

Además, era miembro del Consejo Pontificio para la Familia y de la Pontificia Comisión para América Latina. También, había sido relator general del Sínodo de los Obispos de 2001, que reflexionó sobre la misión de los obispos; y había participado en el cónclave de 2005, cuando Benedicto XVI fue elegido sucesor de Juan Pablo II. 

Tras la renuncia de Benedicto XVI el cónclave elegiría a un Papa del ‘fin del mundo’ quien a la postre sería recordado como el Papa de las periferias. Desde sus primeros gestos, dejaría en claro su estilo de sencillez y austeridad al renunciar al Palacio Pontificio y a otros muchos lujos.  

De manera muy significativa, marcó el inicio de su pontificado desplazándose hasta la Isla de Lampedusa, al sur de Italia, para solidarizarse con las víctimas del Mediterráneo y abanderar, desde ese momento, las políticas de acogida e integración a favor de los migrantes. 

Difícil de olvidar serán sus expresiones como la de “olor a oveja” que utilizó para referirse a la Iglesia católica cuya misión es ir a las fronteras geográficas y existenciales donde la vida clama. 

“Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”, manifestó en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, en la que plasmó el ‘plan programático’ de su pontificado. 

Fue el Pontífice de la misericordia, pues durante más de una década insistió una y otra vez que la Iglesia debía ser “pobre para los pobres”, “hospital de campaña” para sanar las heridas de la gente, una Iglesia abierta a todos, sin distingo alguno. 

Como Obispo de Roma le apostó a la fraternidad y a la amistad social, como lo refrendó en su encíclica Fratelli Tutti (2020); y clamó por el fin de las guerras, mediante el diálogo, porque para él “¡toda guerra es una derrota!”. 

Fue el Papa que denunció con vehemencia el crimen socioambiental; abogó por el cuidado de la Creación en su encíclica Laudato Si’ (2015); por la necesidad de implementar acciones multilaterales frente a la crisis climática, a través de su exhortación apostólica Laudate Deum (2023). De igual manera, puso su mirada en la Amazonía y dedicó un Sínodo extraordinario “por una Iglesia con rostro y corazón amazónico”. 

Fue el pontífice que sostuvo la esperanza en tiempos de pandemia y recordó a los líderes del mundo que “de una crisis no se sale igual: o salimos mejores o salimos peores”. 

Fue el líder espiritual que asumió sin dilación el flagelo de los abusos en la Iglesia, al escuchar a las víctimas y pedirles perdón. 

También fue el Papa que no escatimó esfuerzos por mantener la unidad y la comunión entre los católicos; condujo a la Iglesia por las sendas de la sinodalidad, desde la comunión, la participación y la misión. 

Ante todo, fue el Papa de la esperanza que, desde sus propias limitaciones físicas, nos animó a vivir el año Jubilar 2025 como peregrinos de esperanza; porque “la esperanza no defrauda”, es “el ancla del alma”. “Esperanza” es el título de su autobiografía, publicada hace apenas unas semanas como memoria viva de su legado imperecedero. 

De un modo particular, a la Comunidad Lasallista nos señaló con especial énfasis que “los dos grandes retos de nuestro tiempo: el reto de la fraternidad y el reto del cuidado de la casa común, no pueden ser afrontados sino a través de la educación. Ambos son, ante todo, retos educativos”. 

Hoy nos conmovemos por su partida, pero también damos gracias a Dios por el regalo que nos dio en el Papa Francisco y le rogamos nos dé la fuerza y el valor de “ir y anunciar a Cristo Resucitado, porque Él es nuestra paz.” 

Hno. Roberto Medina L. Anaya, fsc | Foto: Esmeralda Mares

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1 Comment
  1. Lizette Lamas Plesent

    Grandes retos educativos a enfrentar con el amor de Dios y la esperanza de la salvación que nos enseñó el Papa Francisco.
    ¡Gracias Hno. Robert!

    Reply

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